Por años, Colombia ha sido imaginada como una gran despensa agrícola y alimentaria, capaz de abastecer en gran parte su mercado interno y con perspectivas positivas para consolidarse en el exterior. Pero la realidad dista de la imaginación.

En la última década, tras una de las más agudas caídas de los precios del petróleo a nivel mundial en 2014 y la crisis laboral a la que esto conllevó, muchas de las discusiones relacionadas con los que deberían ser los pilares de la economía colombiana han coincidido en el alto potencial que tienen la industria de alimentos y la agrícola para impulsar el crecimiento económico del país.

No se equivocan quienes así lo han planteado; de acuerdo con estimaciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el reto más importante que deberán sortear las naciones en las próximas dos décadas –cuando la población mundial alcance una cifra cercana a los 10.000 millones– será asegurar que todas las personas tengan acceso a la suficiente cantidad de alimentos, de buena calidad y que satisfagan sus necesidades energéticas diarias.

El momento coyuntural por el que atraviesa todo el planeta por causa de la pandemia del coronavirus da fe de lo anterior; pues para que un gran porcentaje de ciudadanos pueda hacer frente a la amenaza del virus con distanciamiento social y permanencia en casa debe asegurar –además del acceso a servicios básicos– su alimento.

Por años –y con los antecedentes de la bonanza cafetera en el siglo pasado– Colombia ha sido imaginada como una gran despensa agrícola y alimentaria, capaz de abastecer en gran parte su mercado interno y con perspectivas positivas para consolidarse en el externo. Pero la realidad dista de la imaginación: de acuerdo con el Censo Nacional Agropecuario de 2015, de las más de 25 millones de hectáreas aptas para producción agrícola con que cuenta la nación, tan solo se emplean 7 millones.

Como si lo anterior no fuera bastante preocupante, se le suma un vacío enorme en innovación, así como en el desarrollo de capacidades de los productores para lidiar con la logística del abastecimiento interno y para la exportación; y, de alguna manera, Colombia ha resultado importando 12 millones de toneladas de alimentos al año.

Así las cosas, el aparente potencial de las industrias de alimentos y agrícola ha quedado reducido frente a un mercado externo altamente dinámico, en el que países con menos del 50 % de la capacidad colombiana, que cuentan con cadenas de suministro sumamente eficientes, cuantiosas inyecciones de capital y un desarrollo tecnológico sin precedentes, han sabido competir y posicionarse con productos de alta calidad en todo el globo.

Esto se ha visto reflejado en una poco equilibrada balanza comercial colombiana con déficit como constante. De acuerdo con cifras oficiales del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), en 2019 el déficit en la balanza con la Unión Europea fue de más de USD $ 3.200 millones; con Estados Unidos, superó los USD $ 1.300 millones; y con China, alcanzó una diferencia de USD $6.244 millones. Entre algunas de las cifras disgregadas por sector sobresale, por ejemplo, que Colombia importó productos alimenticios procedentes de Estados Unidos por más de USD$ 2.600 millones, consolidándose así como el principal destino de las exportaciones agrícolas estadounidenses. ¿Tiene esto sentido?

Lo anterior sucede mientras en el rubro de alimentos –sin ninguna variación significativa– las exportaciones nacionales totales han oscilado tímidamente entre los USD $ 6.900 y 7.300 millones de dólares durante los últimos cinco años. Una cifra llamativa si se tiene en cuenta que toda América Latina logró exportaciones de alimentos y bebidas por valor de US$ 169.684 millones.

Con el paso de los años el panorama no se torna mejor, la lista de productos alimenticios más exportados por Colombia continúa en¬cabezada por el banano, el aceite de palma bruto, el azúcar y el café.

Y, a pesar de que han logrado hacerse a un lugar en el mercado externo, productos naturales únicos y de alta calidad como el aguacate, la gulupa y las uchuvas; o procesados como caramelos, galletas saladas y dulces, y chocolates no logran despegar.

¿Cómo superar esta situación y empezar a proyectar a Colombia internacionalmente como esa despensa de alimentos aliada de muchos países para garantizar su seguridad alimentaria? A continuación, esbozamos algunas claves:

Ingenio e innovación

Según explica Camilo Montes, director de la Cámara de Industria de Alimentos de la ANDI, la innovación está en nuestro ADN y, gracias a esta, “la industria de alimentos ofrece un portafolio amplio que responde a las necesidades cambiantes de los consumidores en cuanto a conveniencia, gustos y requerimientos nutricionales específicos”.

No obstante, hace falta que las empresas de la industria alimenticia – sin perder de vista el marco regulatorio del sector– se arriesguen más e incorporen a sus procesos productivos ciencia y tecnología para lograr alimentos más funcionales que ofrezcan un valor agregado a los consumidores.

Para esto será vital establecer alianzas y acuerdos de cooperación con centro de investigación e instituciones de educación superior que puedan apoyar con transferencia de conocimiento y con el diseño de modelos de gestión de innovación continua para la posterior consolidación de áreas dedicadas a la innovación, el desarrollo y la investigación.

Dólar en alza, un aliado para la industria

Las variaciones en el precio del dólar son un desafío constante que hace falta ver con mayor perspectiva. Es cierto que la desconfianza de los consumidores es usualmente la primera reacción cuando se anuncia un alza –máxime cuando es extrema como ha sucedido en el último mes, en el que la divisa estadounidense alcanzó un máximo histórico de $ 4.230 pesos–, pero esta desconfianza se enfoca en la adquisición de productos como electrodomésticos, que son completamente diferentes a los alimentos y las bebidas. De igual manera, suele generar preocupación en empresas cuyas metas de ventas están fijadas en dólares y –en el peor, pero más común de los casos– en aquellas que están endeudadas en esta moneda.

Lo cierto es que la alza en el dólar representa otros escenarios, tal vez retadores, pero ciertamente positivos. En primer lugar, permite identificar cuáles son los aspectos más vulnerables de una empresa ante fenómenos cambiarios y eso motiva a crear planes de contingencia que contemplen crisis relacionadas con la divisa. Y esto trasciende a la economía nacional, pues el alza revela su verdadero valor y capacidad.

En concepto del analista de riesgos y columnista de la Revista Dinero, Camilo Díaz, un dólar caro termina beneficiando las exportaciones nacionales y reduciendo las importaciones, lo cual favorece principal¬mente al mercado agrícola e incentiva la producción nacional ante la imposibilidad de comprar a productores extranjeros.

Por último, no se puede perder de vista que las alzas en el dólar suelen venir de la mano de bajas en el precio de la gasolina, lo que tiene el potencial de impactar los costos asociados al transporte de mercancías y productos hacia puertos para su exportación.

Información: clave principal para exportar

Además de las estrictas normas que rigen el mercado de los alimentos y las bebidas en todo el globo, empresarios y comerciantes de esta industria suelen aducir que consolidar una cultura exportadora en Colombia es complejo en tanto los trámites aduaneros para que un producto salga del país sean tan excesivos. Contrario a esta percepción, Flavia Santoro, presidenta de Procolombia, asegura que el principal obstáculo que verdaderamente enfrentan los potenciales exportadores es la falta de conocimiento frente al proceso.

Otra gran limitante es afinar los criterios para fijar precios de los productos, pues cuando se exporta, los costos aumentan inevitablemente. Para superar este obstáculo la información es nuevamente la clave. Será necesario entonces conocer las entidades que como el ICA y el INVIMA regulan el comercio bilateral en lo relacionado a requerimientos sanitarios; los costos asociados a la obtención de certificaciones de calidad y los aranceles. Así también, valdrá la pena conocer los acuerdos establecidos con los que se otorgan preferencias y beneficios arancelarios, por ejemplo, las reglas de origen.

Finalmente –y seguramente el reto más grande– suele ser identificar las preferencias del mercado de interés o, en vía contraria, los potenciales mercados a los que puede interesarles determinado producto. Para esto, los datos que proporciona el Banco Mundial sobre el desarrollo de países, al igual que el Factbook de la CIA, son fuentes que proporcionan datos macroeconómicos clave para determinar qué países y bajo qué condiciones estarían dispuestos a adquirir productos colombianos.

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